Cortar el cielo: El misterio de la tijera y la tormenta
El cielo se ponía del color del plomo y de golpe, el patio se quedaba sin viento. El olor a tierra mojada nos avisaba antes que los truenos de que la tormenta venía brava. Mientras los chicos corríamos a entrar la ropa de la soga, mi abuela hacía su movimiento más solemne: iba al cajón de los cubiertos, sacaba la tijera grande de metal —esa que estaba prohibida para jugar— y la abría en forma de cruz sobre la mesa de fórmica o en el alféizar de la ventana.
“Para que corte la piedra y la tormenta no nos toque”, decía con la mirada fija en las nubes.
Otras veces, el ritual era más secreto. Si un hermano se despertaba llorando a los gritos, ella deslizaba esa misma tijera abierta debajo del colchón. “Para cortar el mal sueño”, sentenciaba, y nosotros sentíamos que, con esa hoja de metal brillando en la oscuridad, estábamos a salvo de cualquier pesadilla.
Ese es uno de los primeros recuerdos mágicos que tengo de la niñez. La fe absoluta en que un objeto tan simple pudiera enfrentar algo tan inmenso como el cielo negro o los miedos de la noche.
Lo que las abuelas hacían por pura tradición, esconde una sabiduría muy concreta. Trabajar con tijeras o elementos punzantes en nuestro oficio es buscar un corte definitivo. Es un tajo brusco, filoso y necesario para separar lo malo.
A veces, nuestra propia vida parece una de esas tormentas de verano: se nos acumula la pesadez, las malas rachas parecen no llover y solo nublan el día, o nos quedamos atados a personas y situaciones que nos mantienen amargados. En esos momentos, hace falta más que paciencia; hace falta cortar.
En Legado Arcano, cuando realizamos limpiezas profundas y aperturas de caminos, apelamos a esa misma contundencia criolla. Cortar no es hacer daño, es liberar. Es separar lo sano de lo viciado, para que deje de llover sobre mojado y, por fin, vuelva a asomar el sol.